Una clientas feliz.
Hola, equipo de Bioworld:
Quería escribiros porque hace unos días me ocurrió algo bastante curioso, y sinceramente pensé que os haría ilusión saberlo, porque todo empezó precisamente gracias a unas sandalias vuestras.
La semana pasada salí a pasear por el centro de Madrid. Había terminado una semana de trabajo bastante intensa y necesitaba despejarme un poco, caminar sin prisa, perderme entre calles bonitas y simplemente disfrutar del ambiente de la ciudad. Como hacía bastante calor, me puse mis sandalias barefoot de Bioworld, unas que compré hace unos meses en una tienda de Madrid y que se han convertido, sin exagerar, en mis favoritas.
Son de esas sandalias que no solo son bonitas, sino que además resultan increíblemente cómodas. De verdad, desde que las tengo, me cuesta ponerme cualquier otro calzado. La sensación de libertad al caminar, la ligereza, lo naturales que se sienten… y además el diseño, porque no parecen las típicas sandalias cómodas que sacrifican toda la estética.
Pues bien, iba paseando tranquilamente por la zona de Jorge Juan cuando una mujer se acercó a mí con una sonrisa y me dijo:
—Perdona, sé que esto suena un poco raro, pero… ¿dónde has conseguido esas sandalias tan chulas?
Me hizo bastante gracia la naturalidad con la que me lo preguntó, así que miré hacia abajo y le contesté:
—¿Estas? Pues las compré aquí, en Madrid, en una tienda que descubrí casi por casualidad. Y la verdad, ha sido una de las mejores compras que he hecho.
Ella se agachó un poco para mirarlas mejor y me dijo:
—Se nota que no son las típicas sandalias monísimas que aguantas veinte minutos y luego odias toda la tarde.
Me reí porque dio totalmente en el clavo.
—Exactamente. Son barefoot, así que respetan mucho más la pisada natural. El pie va libre, cómodo, sin esa sensación de estar encerrado en una cárcel elegante.
Ella soltó una carcajada.
—“Cárcel elegante”. Me encanta esa definición.
Fue entonces cuando la miré con más atención y me di cuenta de quién era. Era una actriz muy conocida, bastante famosa, alguien a quien cualquiera reconocería enseguida. Prefiero no decir su nombre por discreción, porque además creo que lo bonito de ese momento fue precisamente que la conversación fue completamente normal, sin artificios.
Debí de cambiar la cara al reconocerla, porque ella sonrió y me dijo:
—Sí, soy yo. Esa expresión ya la conozco.
—Perdona —le dije—, no quería quedarme mirando. Solo me ha sorprendido.
—No te preocupes. Aunque normalmente no soy yo la que para a desconocidas por la calle para preguntar por zapatos.
—Bueno, en tu defensa, son unas sandalias excelentes.
Se rió otra vez y seguimos caminando despacio mientras hablábamos.
—Cuéntame más —me dijo—. Estoy harta de zapatos preciosos que luego son una tortura, sobre todo en rodajes y eventos.
Y ahí empezó una conversación larguísima sobre calzado, comodidad y sobre lo difícil que es encontrar unas sandalias bonitas que realmente respeten el pie.
—Ese es el problema del barefoot muchas veces —le expliqué—, que parece que tienes que elegir entre comodidad o estética. Pero con estas no pasa. Son elegantes, favorecen muchísimo y además puedes caminar horas sin arrepentirte de tus decisiones.
—Eso necesito yo —respondió—. No quiero parecer una profesora de yoga alemana.
Os prometo que me hizo muchísima gracia.
Me contó que estaba terminando un rodaje y que llevaba semanas deseando desaparecer unos días y caminar sin tacones ni compromisos.
—Te recomiendo empezar por comprarte estas sandalias —le dije—. Igual te cambia la vida.
—No descartes que lo haga mañana mismo.
Y de las sandalias pasamos, casi sin darnos cuenta, a hablar de cine. Yo siempre he sido muy cinéfila, así que la conversación se volvió todavía más interesante. Hablamos de películas, de directores, de cómo se vive la fama desde dentro, de Madrid, de terrazas escondidas y de cafés buenos de verdad.
En un momento dado me dijo:
—La gente no imagina lo cansado que resulta no poder tener un mal día en público.
Y le contesté:
—Supongo que todos esperan que seas siempre la versión editada de ti misma.
Se quedó mirándome y me dijo:
—Exactamente eso.
La verdad es que conectamos muy bien. Fue una de esas conversaciones inesperadas que parecen fáciles desde el primer minuto.
Cuando nos dimos cuenta, llevábamos casi una hora caminando.
—Bueno —me dijo mirando el móvil—, esto empezó con unas sandalias y ha terminado en una terapia improvisada.
—Y todavía no te he cobrado consulta.
Entonces se paró delante de una cafetería y me dijo:
—Voy a hacer algo poco prudente, pero me has caído muy bien. Voy a darte mi teléfono porque necesito esas sandalias en mi vida y además quiero continuar esa discusión sobre cuál es la mejor película de los noventa, porque claramente estás equivocada.
—Claramente no lo estoy —le dije—, pero acepto el reto.
Nos reímos, intercambiamos los teléfonos y quedamos en escribirnos para tomar un café cualquier día.
Antes de despedirse me dijo:
—Si la próxima vez aparezco con esas sandalias, considéralo una declaración seria de amistad.
Y sinceramente, me fui a casa pensando que pocas veces una compra había dado tanto de sí.
Salí simplemente a pasear por Madrid con mis sandalias favoritas y terminé con una historia inesperada, una conversación preciosa y un contacto nuevo en la agenda.
Así que sí, os escribo para deciros que vuestras sandalias no solo son bonitas y comodísimas… también parece que sirven para iniciar amistades improbables.
Y eso merece ser contado.
Un abrazo,
Sonia, una clienta feliz

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